Hacía mucho tiempo que quería hacerle una visita a Dios. No le había vuelto a ver desde la mili. Nos habiamos despedido en el andén de la estación, después de una borrachera memorable que habíamos cogido para festejar el licenciamento. Pero, no tenía su dirección y tampoco pasta para pagarme el viaje, y además no tenía tiempo ya que trabajaba todo el tiempo como un negro.
El otro día, en la calle, ¿ con quién me encuentro por casualidad ? Con el mismo Frossard. André para las señoras. Dédé o Didou para sus queridas. Enseguida le expongo mi problema. Lo hace suyo. Pero monín, me contesta, ¡ es mucho más simple de lo que piensas ! Su dirección, la conozco, porque, yo, lo he encontrado, Dios. Y después añade : no está tan lejos. Puedes muy bien ir allí en tu bicicleta. Tomas a la derecha saliendo del water, signes recto hasta los Campos Elíseos, cruzas el trozo sembrado de rábanos, rodeas por la derecha el rectángolo de las lechugas, te tiras a la portera, tomas una ducha y te vuelves a vestir, giras a la derecha, coges la autopista, vuelves a la derecha, cruzas el Mississipi, rodeas el montón de estiércol, signes recto, pasa delante de Mireille d’Avignon, le pellizcas la teta derecha, cuando berree le das una patada en el culo, retomas tu camino, en el semáforo esperas que esté verde, compras cigarrillos perfumados a la menta porque son los mejores y refrescan mejor que los que están a la naranja, giras a la derecha, coges tu bici sobre la espalda, corres todo recto, giras a la derecha, después a la derecha, después a la derecha, después a la derecha, después a la derecha, después a la derecha y habrás llegado a casa de Dios.
Pués ese recorrido, lo hice. Un domingo porque no trabajaba y que hacía bastante bueno para la estación en que estábamos. El trayecto me pareció relativamente corto. Llegué a casa de Dios a mediodía. Llamé. Tres golpes largos y dos cortos. ¡ Adivinad quién vino a abrirme ! ¡ Agnès en carne y hueso !
- El gatito murió, me dijo.
- Gracias, le replico, ya lo sabía, no te he esperado para leer a Molière. ¿Ydios ? le pregunto, ¿está aquí ?
- Seguro, dice, ¡ e incluso un poco allí !
- ¡ Quiero verle, pichoncita !
- ¡ Imposible ! ¡ Está reunido !
- ¡ Ah, vale ! entonces...
En ese momento, sale el Grande.
- Francesa, Francés, seguidMe los dos.
Nos conduce hasta su despacho. Una gran foto de Julio César tomada en la batalla de Austerlitz está suspendida sobre un crucifijo de madera de los brazos laterales. La moquetta es blanca y la ventana está abierta. Un loro verde duerme sobre su percha.
- ¿Qué quiere ? me pregunta con su bella, sonora y reconfortante voz.
- Mi General, querría ver a Dios.
- Dios murió el miércoles pasado, querido compañero. Soy Yo quien ocupa su lugar.
- ¡ Ah, mi Buen General ! pués bien ¡ estoy encantado para Usted ! ¡ Ninguna molestia ! ¡ Me voy, Mi General ! ¡ Me vuelvo a casa, Señor Presidente ! ¡ Se lo ruego, no me acompañe, encontraré el camino yo solito ! ¡ Hasta luego, Mi General, mis respetos, Mi General !
Cuando le conté eso a André Frossard, se pegó un tiro.
Yo, acabo de volver a casa. Estoy bien contento que Dios haya muerto ya que ahora voy a poder cometer, sin merecer el infierno, todos los grandes pecados que estaban prohibidos antes. Voy a poder acostarme con mujeres y comer mermelada durante la Cuaresma.