Hit-Parade

p

p

p

El día en el que cayó la lluvia...

IN VINO VERITAS... IN AQUA SALUBRITAS...

El primer día en que cayó la lluvia, los habitantes que acababan de padecer un largo período de sequía, se sorprendieron pero se alegraron ¡ Por fin agua ! Desde hacíexactamente 217 años el cielo había sido siempre de un azul metalizado, jamás su resplandor se había visto ensombrecido por una nube, no había dejado nunca caer la menor gota de agua. Se precipitaban fuera, desnudos, la cabeza levantada, la boca abierta. El segundo día, los habitantes aún estaban contentos. El tercer día, un puñado de descontentos se manifestaron en contra de la lluvia, pero no era más que un débil grupo y ni tan siquiera se habló de ellos en el telediario.
Al cabo de una semana, había un centenar de personas opuestas a la lluvia, pero la gran mayoría silenciosa se quedaba silenciosa, calmada y respetuosa con el orden. Si la lluvia caía, estaba muy bien, era normal, era deseado.

Girga salió de su casa un sábado por la mañana, muy agitado. Hacía tres días que non había visto a su amigo Rigo y empezaba a preocuparse. Bien abrigado bajo su paraguas, se puso in camino para hacerle una visita.
El timbre tenía un sonido raro. Rigo fue a abrirle en pijama. Estaba enfermo desde hacía dos días. Enfermedad misteriosa e inexplicable. Menos mal que en este momento salía con una enfermera. Hoy, ella vendría a parar la velada con él. Rigo esperaba poder retenerla toda la noche. Después de una larga discusión sobre el buen tiempo y la lluvia, Girga deseó un rápido restablecimiento a su amigo y se despidió.

El agua empezaba a hacer grandes charcos en las calles y los niños se entretenían salpicando a los transeuntes que por otra parte eran muy pocos. La mayor parte de la gente prefería quedarse en su casa, esperando las noticias y los partes meteorológicos de la televisión.
Girga tenía hambre. Entró en la panadería. La panadera estaba enferma. El panadero, en su taller, hacía trabajos de cerrajería. El pequeño ayudante de panadero jugaba al tres en raya. No había pan. En la tienda de comestibles, nada comestible. En la carnicería, nada de carne. Girga empezó a preocuparse. Por suerte tenía aún algunas provisiones en su casa.
En ocho días el agua alcanzó, y después recubrió las aceras. Los sótanos se inundaron. Las calles se hallaron prácticamente desiertas. Para salir hacía falta grandes botas. Ya no se encontraban en los comercios. Tampoco se encontraban barcas, pero el mercado negro empezaba a instalarse.
El jefe del estado estuvo más callado que un muerto. No se manifestó ni en la radio, ni en la televisión. Nadie hacía alusión a él.

El número de periodistas disminuía día a día. La mayoría desaparecían sin tan siquiera ser sustituídos.
El agua alcanzó el nivel de las ventanas de las plantas bajas y penetró en los apartamentos. Nadie supo exactamente qué había sido de sus ocupantes. Girga vivía en el duodécimo piso, aún tenía tiempo ante él.
Ahora, uno sólo podía desplazarse en barca.
Después la televisión y la radio se callaron y ya no se tuvieron noticias.

Tres semanas después de su primera visita, Girga fue a ver a su amigo Rigo.
El apartamento estaba completamente vacío.
En la bañera nadaban dos grandes carpas.
Cuando volvía a su casa, en su barca, Girga no se sentía muy bien. Le costaba remar.
Adelantó a una chica que nadaba con ardor caballeroso, le propuso subir con él.
Era encantadora. Ella le gustó. El le gustó. Ellos se gustaron. Ya no llovió. Llovió todavía. Decidieron no separarse jamás y se la llevó a su casa.
Hablaron poco. Ya no se hablaron. Y se metieron en la cama muy deprisa.
Sus retozos amorosos les volvieron a dar un poco de optimismo. Hicieron el amor cinco veces seguidas y entonces Dios bendijo su unión.
Después, acostados los dos boca arriba, fumaron lentamente un cigarrillo. Era el último que tenían.
- Querido, le dijo ella, ¿si tomáramos un baño juntos ? ¡tu bañera me gusta tanto !
- Si quieres, amor mío.
Ella llenó la bañera.

A la mañana siguiente, cuando el vecino de rellano que ya no tenía cigarrillos entró en casa de Girga para pedirle uno, no encontró a nadie.

En la bañera nadaban dos grandes carpas que se perseguían.

El agua llegaba hasta el undécimo piso.